ULA: casa grande

 

ULA: CASA GRANDE

DISCURSO EN LOS 240 AÑOS DE LA 

UNIVERSIDAD DE LOS ANDES

TRUJILLO. MARZO, 2025

Profesor Alí Medina Machado, orador de orden en el Primer Acto Central en el estado Trujillo por los 240 Años de la ULA (Foto: Carlos Cegarra)


Discurso por:

Profesor y cronista del NURR, la ULA Trujillo,

Alí Medina Machado.

Sábado, 29 de marzo de 2025.

Trujillo. Casa Carmona Dr. Antonio Luis Cárdenas,

sede regional de investigación y postgrado del NURR.

Primer Acto Central en el estado Trujillo

por el 240 Aniversario de la ULA. 

Señoras y señores:

Agradezco profundamente la designación de mi nombre para decir estas palabras en uno de los actos centrales con los que el Núcleo Universitario Rafael Rangel (NURR), celebra y conmemora los 240 años de vida en plenitud cronológica y en realizaciones del saber que tiene nuestra casa madre, la Ilustre Universidad de Los Andes (ULA), de Mérida.

Gloria a la Universidad por esta fecha. Es un compromiso que he aceptado como miembro de la Institución, y porque como muchos de los que están aquí advertimos una filiación profunda con esta casa universitaria, a la que hemos servido con devoción y entereza, y tenemos sembrado en el corazón el sentido de pertenencia y gratitud que sentimos por ella, como casa grande, centro benefactor y residencia infinita de nuestra propia biografía en el oficio humano con que la hemos pertenecido, y porque con su sentido y significado nos ha engrandecido y dado nombre y permitido a la vez que con nuestra participación hayamos formado y plasmado  la personalidad, la vida cierta, esencialmente de una parte de los miles de estudiantes que han pasado por sus aulas para abrevar un camino eficazmente transitado hasta “alcanzar la cima con paso vencedor”, como señala el verso del himno que la canta,  la  promisoria y real meta de ser un universitario. 

Este es un acto de generosidad que este hijo ya grande de la ULA, el Núcleo Universitario Rafael Rangel, obsequia  como tributo amoroso a su casa materna, la generosa madre que nació en Mérida un día como hoy, un 29 de marzo del año de gracia de 1785, hace ya de ello doscientos cuarenta años, dos siglos y medio casi, con la inmensa carga de realizaciones y sucesos mayores y menores; trascendentes e intrascendentes que ha ido acumulando en su trayecto vesicular; biografía inconmensurable que historiadores y cronistas, investigadores y analistas han ido dejando en gruesos anales y documentos diversos; en memorias y gacetas;  densos tomos de escritura, en los que se anota y subraya  su historia de glorias y fracasos, porque la Universidad es por definición una institución primordialmente humana y no escapa por ello a las disposiciones, criterios y otras conductas que hace el hombre cuando se coloca en posición de destino para hacer la historia y porque la historia es también humana, las realizaciones del hombre sobre la geografía, por lo que la Universidad recibe y sufre los embates del medio donde se asienta, y  las calamidades del hombre y su entorno, que no escapa a veces a la miseria humana, como se ha visto y se sigue viendo en esta historia concreta. 

Historia fecunda y grandiosa ésta de la Universidad, con sus nombres diversos y sus símbolos que la han representado e identificado institucional y moralmente.

Lo que celebramos hoy es la creación en aquel tiempo de una muy pequeña casa de estudios, colegio o seminario en una muy pequeña también y poco poblada ciudad establecida al pie de una alta y portentosa sierra nevada y en medio de moles montañosas que le daban amparo y protección natural, y que le impulsan más bien su vida eminentemente civilista y académica desde un principio, lo que la hace grata y propicia en todo caso  la aventura de un hombre clerical llegado de otro país lejano que viene en misión obispal  y que dimensionó de inmediato la necesidad de una casa que sirviera a dar formación y lustre a una pequeña porción de sus jóvenes en solicitud de  asistencia educativa para formar sus vidas.

Aquel clérigo visionario y arrojado, dice Jesús Rondón Nucete: 

Cumplió su papel a través de la Universidad que se organizó sobre el antiguo Colegio Seminario de San Buenaventura, fundado por el primer Obispo de la Diócesis, el fraile Juan Ramos de Lora. Esa fue y ha sido la gran empresa histórica de la ciudad”,  (2012, p. 12).    

Qué gran verdad, que justa glorificación perenne por la historia la de una ciudad en cuya mitad de su vida ha gozado la tenencia de una Universidad que la ha engrandecido, representado y hecho trascendente  como ninguna otra de sus instituciones.

La historia de Mérida se ha construido casi totalmente alrededor de su Universidad, ella ha sido por siempre causa temática de los mayores y diversos testimonios tributados a la ciudad, y sido el cuerpo vigoroso el que ha propiciado la escritura de una historia total merideña por parte de una intelectualidad  sobresaliente, desde sí misma, y fuera de las fronteras regionales  en el orden nacional e internacional. 

Esta ciudad desde siempre concitó un interés profundo por los hechos generados por la institución universitaria, desde los orígenes mismos de ésta, desde su primera condición de casa de estudios religiosa a la que asistieron aprendices de muchas latitudes, de sus mismos pueblos y aldeas interioranos y de un amplio radio geográfico, en los andes venezolanos más allá, territorios nacionales y fuera de las fronteras patrias, como se determina en los datos de sus historiadores e investigadores que la han abordado.

Religiosa al principio y laica luego,  en estancos históricos de su existencia; lapsos cubiertos por la acción de la iglesia católica, y ese desprendimiento que poco a poco fue sufriendo hasta alcanzar la condición de institución pública en etapas sucesivas en el discurrir del siglo XIX, su primer siglo formativo como plena universidad ; su carácter y conformación humanística y científica en plenitud de libertad y autonomía, con nombre grande y definitivo, y así se llama Universidad de Los Andes, constreñida al principio a Mérida, y bien adentrado el siglo XX estableció sus núcleos en Táchira y Trujillo,  luego sus otras progresivas extensiones dentro del mismo estado, con núcleos, facultades y extensiones, incluso fuera de la entidad, hasta hacerse presente en diversas latitudes del país, lo que la convierte en una de las más grandes universidades nacionales, con un ranking supremo y un vigoroso record académico.  

La historia siempre cuenta el acontecer de los pueblos en la historia, como una reversión del tiempo que se hace para hablar de los tiempos ya transcurridos. Esa es una función que le compete.

A la historia escrita entonces hay que acudir cuando se quiere averiguar el continuum biográfico de una ciudad, de una institución o de un ciudadano.

Y en instituciones tan señeras como es la Universidad de Mérida, la hoy  grande y expandida Casa Superior de Estudios, tan nombrada y biografiada a lo largo de estos siglos desde su propio nacimiento, sucede que su cuento es impresionante por los aconteceres que la cubren desde su mismo origen, desde esos inmediatos años anteriores a 1785 en que la pequeña ciudad se debatió en procura de conseguir un necesario plantel educativo que viniera a formar la inteligencia y personalidad de sus más jóvenes pobladores.

El Colegio, Casa de Estudios, Seminario o Universidad no fue una impronta, sino un proceso, no fue una simple idea sino un proyecto tenaz y difícil como son las obras bien fundamentadas y firmes devenidas en instituciones cuyos cimientos se abren y rellenan profundos para soportar esos avatares irremediables en los vaivenes del tiempo, la problemática económica, cultural y social, como se vio siempre y se sigue viendo en este tiempo contemporáneo.

Qué larga historia la de nuestra Universidad madre, que contiene vastos y  fecundos momentos desde su mismo concepto fundacional proyectado con signos ascendentes en el ya dilatado proceso ininterrumpido de su existencia bicentenaria.

Dice al respecto el Dr. Mendoza Angulo:

“Aquel modesto centro poblado que era Mérida ya ofrecía una tradición cultural expresada  en una comunidad poseedora de incuestionables  aptitudes para el desarrollo de la vida espiritual y de la educación; la existencia de varias congregaciones religiosas y conventos y la experiencia más que centenaria del Colegio  San Francisco Javier de los jesuitas”. (2011, p, 22).

Dice luego:

En ese caldo de cultivo humano se produjo un nuevo hecho religioso y educativo que a pesar de las soluciones de continuidad a que se vio sometido con posterioridad conservó un hilo conductor desde entonces hasta hoy”. (Ídem).  

Una verdad absoluta es justamente esa de que a la historia de las instituciones hay que señalarle los antecedentes, las causas que la motivaron y le dieron razón de ser, los contenidos y factores favorables tanto geográficos como humanos  para ese favorecimiento.

Mérida, como ciudad tuvo un aliento propiciador para la educación y el estudio. “Su comedimiento, su sencilla hospitalidad, su sosiego”, como cualidades que le vio Mariano Picón Salas (1963, p. 174).

Y dice el gran humanista en su elogio:

“...Pero acaso desde las viejas aulas del Colegio de San Buenaventura que se transformaron en Universidad republicana, Mérida había aprendido bastante Derecho para no capitanear empresas de violencia. (......)  Y en frases cargadas de un ideario conceptual sostiene, que, “Los merideños preferimos la contemplación a la acción ciega”, “el sarcasmo a la reticencia”, pues a todas luces “Mérida fue mucho más que el lugar de origen; el primero y dramático impulso del destino y la vocación” (Ídem, p. 174).

Palabras edificantes que se trastocan en una convincente verdad histórica y que soportan la aventura terrena como afirmación de vida, pues enseñan que el verdadero camino de un pueblo en aras de llegar a la civilización por medio de un cultura también edificante, es el sabio accionar del hombre culto y del hombre laborioso en cualquier oficio o circunstancia; del dirigente real y auténtico, del que no busca una prebenda ni un provento para su propia satisfacción individual, sino el bien común, la razón ciudadana  de participar en un plan conjunto, unificado y bien pensado para la consecución  de un objetivo social comunitario que luego haga  ciudadanía y cultura, trabajo y vida, en un presente real para un futuro también provisorio como ocurrió en Mérida en aquellos años finales del siglo XVIII, cuando la visión y previsión de un obispo bien encaminado logró la implantación de una obra de progreso para la ciudad, y en extensión creciente a entidades cercanas y lejanas como se ve en el mapa geo-histórico de estos siglos ya transcurridos.

El Obispo Fray Juan Ramos de Lora, nombre completo de un hombre de nacimiento español que vino a la América central a mediados del siglo XVIII y comenzó en México una gesta de pedagogía religioso-clerical que puso al servicio de los colectivos humanos en que le tocó laborar con cumplimiento total de sus obligaciones, y que más tarde pasó a la parte meridional, posteriormente, fruto de reconocimiento obtuvo el rango para la conducción de una Diócesis en calidad de Obispo, dignidad a que fue ascendido por sus sanas ejecutorias llenas de contenido y de visión prospectiva en cada idea, en cada caso y en cada cumplimiento. 

Su tránsito tan fecundo por esta tierra americana lo describe con propiedad y criterio el investigador merideño Dr. Ricardo R. Contreras en un enjundioso estudio intitulado FRAY JUAN RAMOS DE LORA Constructor de iglesia, de academia y de merideñidad.

De allí citamos el momento estelar de la llegada del alto sacerdote a la ciudad, sobre lo que dice:

“...Para llegar finalmente a Mérida el 26 de febrero de 1785 (...) Mérida que tenía por fin  su “obispo propietario” (...) En este punto Ramos de Lora entra a jugar un papel preponderante en el concierto de los hombres y mujeres  que le dieron una especial relevancia al gentilicio merideño, con un aporte tan grande como grandes fueron las obras que (...) deja  a la ciudad” (p. 459)

Con un aliento tremendo, con un gran espíritu comunitario, la ciudad enverdece de esperanza, el pequeño árbol plantado devino a la historia una institución con una indetenible y fortalecida realidad que se cuaja en hechos sucesivos, uno a uno desde su propio proceso constructivo de aquellos primeros veinticinco años entre 1785 y 1810, año éste en que se abre a otra dimensión también formadora y transformadora.

“Y por fin, - dice un articulista luego de enumerar los hechos de ese lapso-, en 1810, al producirse la declaración de Independencia, el Cabildo de Mérida transformó el Colegio en Universidad (septiembre 21, 1810), la cual ha funcionado sin solución de continuidad desde hace doscientos años, constituyendo el Colegio Seminario el primer eslabón de la cadena de la cual nació la Universidad de Los Andes”. (Gabriel Otáñez, 1985).

La Universidad como institución grande y seria siguió constituyéndose por lapsos de extensión y de fortalecimiento. Nunca echó atrás el propósito de su destino, sino lo fue ahondando, profundizando con concreción y ampliando también un radio de solidificación material.

Así llega a otra situación como obra positiva que la historia nombra como proeza de aquellos hombres que la cobijaron con su inteligencia y  su catadura moral, y de un pueblo que comenzó a entender sus beneficios y la apoyó con creces, a pesar de sus extremas limitaciones, pues fueron tiempos de miseria, de absoluta miseria por las consecuencias de la larga guerra.

A principios de 1832, estando la República bajo el mando de José Antonio Páez, en Mérida se da  otro acontecimiento relevante en la formación institucional de la Universidad.

Un nuevo rector es designado y se encarga  de sancionar nuevos estatutos que la rigen, y lo más notorio es que la institución se despoja del tutelaje episcopal a que venía sujetada desde sus inicios.

Cuatro años más tarde. Cito a Elías Méndez Vergara:

“...el Congreso Nacional sanciona los estatutos redactados por el rector Hernández Peña, quien siguió el modelo de los Estatutos Republicanos de la Universidad de Caracas, disposiciones que bajo la orientación del Dr. José María Vargas había dictado el Libertador en 1827. Con el reconocimiento de los estatutos queda la Universidad de Mérida formalmente constituida, separada de la mitra, aun cuando mantuvo los cursos eclesiásticos hasta principios del siglo XX.” (2014, p. 18).

La ciudad y la Universidad, son organismos movidos que vienen creciendo visibles y perceptibles. Vienen intercambiando nexos, necesidades e intereses.

Son hechuras humanas, esa interrelación que se genera en el cuerpo social con una constitución animada y despierta para las necesidades y los retos, siempre mirando hacia adelante; prospectivas en acciones como tiene que ser, indetenibles y con mucha fortaleza, como viven los pueblos vivos que no son vencidos. Acontece allí un auténtico in crescendo.

La ciudad comienza a entender que la Universidad es su casa grande, que ya lo es. En Mérida y en cualquiera parte donde funcione un centro superior de envergadura académica la ciudad, el estado, la región se hacen universitarios.

Entonces juntas, Universidad-Ciudad,  van construyendo historia y  construyendo memoria que permite en el porvenir mirar hacia ellas como un referente de vida y de progreso; fundamentarse en aquellas acciones pioneras, en la entrega humana e institucional que hubo para esa fabricación; la lucha librada para conseguir y consolidar el edificio que desde sus muros y paredes iniciales fue tomando forma definida de hogar, de casa, de familia social; de comunidad arraigada, sólida y solidaria a la vez y convertirse entonces en gesta, memoria grande y trascendente, como es hoy la historia de nuestra casa grande, la muy Ilustre Universidad de Los Andes, desde el más pequeño intersticio de ese cuerpo inmenso y vigoroso que hoy le conocemos.

Aquella fase cronológica larga y dura de gestación y consolidación de la Universidad que se prolongó por un siglo, la podemos ver finalizada en septiembre de 1883, cuando es dictado el decreto que la da el nombre definitivo de Universidad de Los Andes, irrevocable y para siempre, con  logros y reveses; suficiencias e insuficiencias; de buenos y malos tratos, pero siempre adelante con los símbolos de sus grandes ideales humanísticos, científicos y tecnológicos; inscrita y certificada  como una de las primeras y grandes universidades venezolanas, y de alto prestigio y solvencia en el escenario internacional.

Dice Méndez Vergara que:

 “Humberto Ruiz C. nos recuerda que el 24 de septiembre de 1883 (...) por Decreto Presidencial el General Antonio Guzmán Blanco se designa a la casa de estudios de Mérida con el nombre de Universidad de Los Andes, rótulo que mantiene hasta nuestros días, no sin haber dejado de estar expuesta en su funcionamiento a vicisitudes, dificultades e injerencias gubernamentales. Es menester mencionar los gobiernos de Guzmán Blanco y el General Cipriano Castro, entre otros, como regímenes de oscuridad frente a la luz de los saberes que emana de la Universidad.). (Op, cit, p. 18)

Tanto en Mérida como ciudad histórica y en su Universidad desde el momento de sus inicios aparece el nombre de Trujillo, por su misma génesis, por su historia y por sus hombres ha habido una convivencia, una amalgama, una combinación muy sólida e inseparable entre estas dos ciudades cordillenses.

Miremos, por favor,  el proceso socio-histórico entre estas dos comunidades andinas: han sido un solo territorio y un mismo destino en circunstancias y momentos.

Partamos, no de los tiempos coloniales en que hubo la hermandad inicial, sino de los tiempos independentistas para descubrimientos hasta sorprendentes entre lo geográfico, histórico, militar, institucional, educativo, cultural, religioso, humano-biográfico y documental.

Dos personajes como referentes son muestrarios de todo este acontecer: Tulio Febres Cordero (merideño) y Caracciolo Parra Olmedo (trujillano).

Intercambio glorioso para una atadura memorable. Pero un poco atrás, el episodio de la Campaña Admirable, cuando un trujillano de  excepción, el doctor Cristóbal Mendoza como Gobernador de la Provincia de Mérida en junio de 1813 encabezó a un pueblo entusiasmado que a un solo tenor colectivo y vigorosamente audible, dio por primera vez a Simón Bolívar el  título de Libertador con el que comenzó a llamársele.

Y desde Mérida trujillanos residentes y merideños, se plegaron a Bolívar y vinieron en el séquito emancipador a libertar esta provincia  de las garras del coloniaje español. 

Nombres de Mérida se hicieron trujillanos y nombres trujillanos se  hicieron merideños. Siglo y medio antes. Podemos hablar de la emigración a Mérida cuando caravanas de familias trujillanas purgaron el ostracismo a que los sometió la quema violenta de la ciudad por los filibusteros que encabeza Francisco Grammont en los días aciagos del año 1678.

Otro fenómeno importante es causal para una interacción entre los dos estados andinos. Se trata del asunto religioso, pues ambas Iglesias han originado una hermandad histórica insoslayable, unidas por el intercambio y la correspondencia, aunque siempre en preponderancia el clero merideño porque  la Iglesia trujillana ha sido subsidiaria de la merideña por las razones del obispado y luego del arzobispado.

Así tenemos que en los años supremos de la época independentista el clero de Trujillo, supeditado a Mérida, tuvo una notable participación en la lucha por la emancipación Fray Ignació Álvarez, José Antonio Rendón, Salvador de León, Ricardo Gamboa, Francisco Antonio Rosario, Antonio José Durán, Juan Ramón Venegas, Joaquín Durán, Ignacio Briceño, Pablo Ignacio Quintero, José de Segovia, Bartolomé Durán, sacerdotes, todos ellos miembros de ese árbol histórico que aparece en el libro “Periodismo del clero de Mérida” que escribió en 1911 el Ilustrísimo doctor Antonio Ramón Silva, Obispo de Mérida.

Antes, en el período colonial, fue el Seminario de San Buenaventura de la recatada ciudad serrana a donde concurrieron jóvenes trujillanos para hacerse sacerdotes.

Varios de ellos sobresalieron luego, como el Presbítero doctor Juan Joseph Hurtado de Mendoza, Canónigo Magistral de la Catedral de Mérida y hermano de  Don Cristóbal Mendoza.

Juan Joseph de 1795 a 1802 fue el primer Rector del Seminario en San Buenaventura, génesis de la ULA. 

Los grados de integración histórica entre Trujillo y  Mérida han sido resaltantes, reiterados y fructificantes. Fue el Obispo de la Diócesis de Mérida de Maracaibo Monseñor Rafael Lasso de la Vega, quien en Trujillo, luego de su histórica entrevista con el Libertador Simón Bolívar, propugna el reconocimiento europeo de la iglesia colombiana.

Años más tarde, el Obispo merideño Monseñor Antonio Lovera, en 1886, tuvo a su cargo en Mérida la ordenación sacerdotal del Presbítero Estanislao Carrillo, uno de los sacerdotes más relevantes de Trujillo.

Este mismo sacerdote fue elevado a la dignidad de Monseñor en 1912 por el Obispo merideño Mons. Dr. Antonio Ramón Silva, a quien tocó en ese año dar categoría de catedral al histórico templo parroquial de Nuestra Señora de la Paz de Trujillo.

En Mérida actuó por largo tiempo como Protonotario Apostólico y venerable Deán de la Santa Iglesia Metropolitana de esa ciudad, el ilustrado sacerdote trujillano Monseñor Doctor José Clemente Mejía, oriundo de Boconó, quien además fue profesor de la ULA en la tercera década del siglo XX.

Y fue también determinante que el Arzobispo de Mérida, Mons. Dr. Acacio Chacón coadyuvará activamente en la creación e instalación de la Diócesis de Trujillo en 1957.

Y aún hay más, un poco más de lo mucho por nombrar entre Trujillo y Mérida. Al Colegio de Trujillo, a su instalación en 1834 vinieron a servir desde Mérida el doctor Matías González Méndez como primer Rector y el Br. Miguel María Cándales como primer Vicerrector.

Luego vendría el Dr. Ramón Morales con la misma dignidad de Rector, y luego otros más, antes discípulos de la Universidad en Mérida, después insignes pedagogos en Trujillo. 

No debo dejar fuera de estas fragmentación histórica otro hecho relevante de principio del siglo XX, no otra cosa que una generación de jóvenes intelectuales, el “Arielismo” (inspiración en el “Ariel” de José Enrique Rodó) que hubo en Trujillo, de lo que menciono sólo tres nombres Mario Briceño-Iragorry, que se junta con Mariano Picón Salas para elogiar a un naciente poeta trujillano José Félix Fonseca que había publicado su primer libro de poemas. El prólogo lo escribe Briceño-Iragorry y el comentario lo efectúa Picón Salas.

El lenguaje crítico de ambos jóvenes es sorprendente, ninguno llega a los 20 años, el joven merideño, Picón Salas, sólo tiene 16 años.

El tiempo pasado, hecho historia importante, es  un vasto almacenamiento de episodios cumplidos por una cultura efectiva. Es lo que el hombre ha realizado por su activismo vital, depósito inmaterial e intangible de  grandes cosas, reservorio de sucesos acaecidos que se van recogiendo y guardando como parte para una historia total.

Pero entre la memoria y la escritura el tiempo se revierte en lenguaje que se cuenta y escribe en pequeñas y grandes paginaciones para hacer posible y sensible la perdurabilidad como en este caso afloran cosas unificadoras entre estas dos ciudades de nuestra cordillera andina.

El siglo XX en su primera mitad se llena de vinculaciones y entretejidos entre Mérida y Trujillo y viceversa. Nos toca resaltar la parte trujillana que constituye por sí una historiografía de signos muy presentes, momentos y hechos que circulan por los elevados caminos serpenteantes y agrestes entre, las dos ciudades, viajes llenos de episodios humanos que van solidificando esa hermandad entre las dos porciones del vasto territorio andino.

La historia trujillana de ese tiempo se hincha de realizaciones en lo que tiene que ver con Mérida y su significado para los intereses generales y particulares de la trujillanidad.

Altos nombres de gobernantes, y de ciudadanos comunes se intercambian en esa relación; convenios y acuerdos entre instituciones, asociaciones, familias e individuos entre las dos regiones.

Y no escapa a ello la vida universitaria. La Universidad merideña que recibió a tantos trujillanos en el lapso de esas décadas. Temerosos seguramente, pero gozosos a su vez, muchos trujillanos de todos los lugares del estado viajan a Mérida a forjar un destino superior en las aulas de la Universidad.

La ULA en la primera mitad del siglo XX fue un importante nutriente para la educación y la cultura trujillanas. Allí se formaron hombres muy significativos del pensamiento y de la ciencia trujillana.

En 1923, con la creación de la Escuela de Ciencias Políticas de Trujillo, se afianzaron aquellos nexos  académicos, pues la institución nació y vivió sus veinticuatro años, adscrita a la ULA, por lo que esta escuela constituye quizás la primera de las fortalezas que Trujillo inscribió como credencial cuando en los primeros años de la década del setenta, emprendió y ganó la jornada más grande y más hermosa de su historia, una de las hazañas portentosas de toda su existencia como pueblo, la creación del Núcleo Universitario de Trujillo (NUT), la cara y amada Universidad en que nos encontramos, en ese momento muy débil y balbuciente como un recién nacido, pero hoy grande y luminosa, por más que la asedien las incomprensiones y la maldad humana, esa miseria tormentosa que la ataca y la vulnera, inexplicablemente.

La historia del NURR es inmensa: NUT: Núcleo Universitario de Trujillo se llamó al principio, desde 1972; luego, cinco años más tarde, pasó a llamarse NURR: Núcleo Universitario Rafael Rangel, homenaje y reconocimiento al insigne hombre, uno de los padres de la ciencia venezolana, el sabio trujillano Rafael Rangel.

Sintetizo en esta cita, lo que fue el NURR como aspiración en aquel momento, y lo que resultó ser luego en la realidad: la auténtica y definitiva Universidad de los Andes en Trujillo:

“La Universidad en Trujillo desempeñará una gran labor social, por el papel que representará dentro de la vida regional en su conjunto. Tendrá a su cargo una amplia labor de difusión de la cultura. Una función rectora de la educación superior, desenvuelta en la tarea de formar en conocimientos y valores a generaciones de estudiantes trujillanos y no trujillanos. Una función promotora de la investigación científica, humanística y tecnológica. La Universidad cumplirá una función muy importante; la cooperación en el estudio y revelación de las realidades y estados de conciencia colectivos, para poder servir a las comunidades regionales de la mejor forma.” (AMM, 1970).

Creo, de corazón creo, que en todo momento en que se hable rememorativamente de nuestra Universidad, es un acto de justicia nombrar a dos personajes gestores históricos de la institución, hay que hacerlo como un reconocimiento moral.

En aquel proceso genésico actuaron en primer plano el doctor Antonio Luis Cádenas, quien definió la estructura primaria del NUT, y fue su primer Coordinador General, y el doctor Pedro Rincón Gutiérrez, Rector Magnífico, firmante del decreto de creación de la institución, cinco años más tarde, en diciembre de 1977, ambos ocuparon el primer plano en el solemne acto de graduación  de la primera promoción del Núcleo Universitario.

El doctor Rincón Gutiérrez como Rector, y el doctor Cárdenas como Padrino de la  Primera Promoción. Emocionados y gratificados, vieron realizado de manera tan sublime su sueño, también memorable por su realidad y trascendencia.

Finalmente, si se me pide opinión sobre la preocupante situación que hoy vive y padece gravemente la Universidad, y en nuestro caso, el NURR, respondo sin vacilaciones que es necesario el diálogo, mucho y permanente diálogo, conversaciones intensas y a granel, tanto internas como externas; abrir canales de comunicación entre todos y con todos, como uno de los medios expeditos para  rescatar, salvar y echar a andar con las fuerzas y logros de sus mejores años esta inmensa obra de educación y de cultura trujillana.

“La empresa del siglo en el Estado”, se llegó a llamar el NURR, hoy en estado decante, casi vencido. La sin razón lo agobia y lo mantiene enfermo, primordialmente, la detestable e incomprensible indiferencia oficial.  

Las autoridades centrales en Mérida, no pueden hacerse los sordos con la situación del NURR. Fuimos en los primeros años  el pariente pobre de la Universidad, pero años después, pasamos a ser una de las facultades más efectivas y productivas de la ULA.

El NURR sobresalió en todo, estuvo a la cabeza de las estadísticas que miden el resultado del trabajo académico. Hoy existe una desasistencia preocupante por parte del equipo rectoral y de otras instancias superiores de Mérida.

Vamos entre todos a sanarlo y devolverlo a sus glorias bien ganadas, a  su brillante estado de institución social fundamental. Adentro sabemos lo que ocurre y sin embargo hacemos poco, muy poco para ayudar a resolver el problema.

Afuera, también se sabe  lo que ocurre y se comenta desafectivamente la situación, porque se perdió la confianza en esta noble casa educacional, sin saber, pobre gente, que si se muere el Núcleo se muere Trujillo y la trujillanidad. Esto es lo cierto, esta es la realidad.

Mantengamos entonces como lema luchador este sintagma esperanzador: “¡La Universidad está viva! ¡Viva la Universidad!”. Hagamos de este eslogan el primer verso de cada estrofa de un himno que estamos necesitando con urgencia. Un himno clamoroso escrito por todos como un Credo, como una redención.  

 

REFERENCIAS

- Gil Oraiza, Ricardo y Luis Ricardo Dávila. Editores. Figuras de la Merideñidad. 2015. Mérida. Gráficas El Portatítulo C.A.

- Medina Machado, Alí. La Universidad Trujillo. 1970. Trujillo. Folleto multigrafiado.

- Mendoza Angulo, José. Sobre los orígenes de la Universidad. En: Boletín del Archivo Histórico Secretaría Universidad de Los Andes. 2010. Mérida. Talleres Gráficos Universitarios ULA. 

- Otáñez, Gabriel. 200 Años de la Fundación de la Universidad de Los Andes Perfil de su Fundador. Culturales El Universal. Caracas, 28-04-1985.

- Picón-Salas, Mariano. Hora y Deshora. (1963). Caracas. Prensas Venezolanas de Editorial Arte.

- Rondón Nucete, Jesús. Los Alumnos de la Antigua Universidad de Mérida. 2012. Producciones Karol C.A.

- Tablante Garrido, P. N. Homenaje a Caracciolo Parra En el Sesquicentenario de su Nacimiento. 1969. Trujillo. Imprenta Oficial del Estado.

ULA y estado Trujillo, binomio perfecto

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7 comentarios :

  1. Hola disculpen la molestia me podría dar información sobre los cursos que se realizan en la casa 🏡🏠 Carmona? Necesito información de que cursos se realizan y cuando habrán inscripciones?

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  7. Buenos días para pedir información sobre las inscripciones de farmacia para los asignados por Opsu que quedaron pendientes en una lista

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